Algún día encontraré un hueco (un tiempito) para zurcir los agujeros. No sé aún si empezaré por los calcetines, o daré prioridad a los bolsillos del pantalón. Tal vez, ya que estoy, y si me pongo, me enfrente a los tomates del alma.
Ahora que los poderosos no llegan a fin de mes o lucen sus pinreles como el resto de los mortales, uno sabe que es el momento de enfrentar tan colosales tareas.
Pero de momento, como es habitual, me refugio en menudencias, de las mías, de las que solamente yo sé que necesito más que remendar otras heridas.
Y dedico mi tiempo (y mantiene destartalada esta barcaza) a repasar una a una todas (muchas) las joyas (preciosas) que en todos estos años (casi tantos como los que me van arrugando) nos ha regalado el viejo (Neil Young). Joyas que no paran de crecer.
Escudriño sus letras, reencuentro viejas melodías, recuerdo guitarras, araño sus altos y bajos, y escucho. Porque nada más puedo decir. Es una osadía simplemente escribir sobre esto.
Así que mi tiempo es para ello. Los tomates del calcetín quedan sobre la silla.
Y espero a que vuelva el sol, para prepararle a Ella un manjar de sonidos, pan, aceite y esta vez sí, tomates. De los que valen una vida.
Soy tocón. De esos que cuando saludan a alguien le agarran el brazo, hacen una carantoña o pasan la mano por el pelo. Sí, una desgracia, una manía con la que uno aprende a vivir.
Hace diez años…
Paseo por la calle un día de sol. Veo a alguien a quien la memoria ya tenía casi olvidado. Éramos unos mocosos que tratábamos de sembrar el terror en el pueblito donde pasábamos el verano.
Germán, no sabes quien soy? No… jodas, eres tú, chaval! Claro que sí, Germán.
Y ahí que se lanza el brazo a poner su granito de arena en el emocionado encuentro.
Nunca he sido un deportista. Hice gala durante mucho tiempo de aquel dejemos el deporte para gente con poco cerebro que entonaban La Granja (mmm, tampoco olvido su "viva la revolución!"). Solamente durante una (corta) época parece que quise prepararme para correr una maratón. Objetivo fallido. Uno más, éste previsible.
El brazo sigue su amenazador avance hacia Germán. Hacia la cara de Germán. Nunca he sido deportista. Nunca he tenido fuerza que controlar. Pero…
Suena en toda la manzana. La gente se para y mira.
Digo azorado qué tal te trata la vida, Germán! Me trataba bien, aunque con la hostia que me acabas de calzar, no sé que decir…
Hace 24 horas…
Voy por la calle, otro día soleado, 20 grados en pleno enero. Veo a alguien a quien la memoria, esta vez sí, tiene muy definido.
Germán! Hombre, qué tal!
El brazo empieza su avance. Creo que odia a Germán. Un odio irrefrenable. Yo nada tengo que ver en estas cuitas. Me lo agarra. Sé que en ese momento desea que nuestros seis grados de separación fueran cientos.
Hace 4 horas…
Voy por la calle, empieza a sonar Song for the dreamers. Dan Stuart y Steve Wynn lo hicieron. Divertirse con la música. Unir las almas de Green On Red, Dream Syndicate y Long Ryders y simplemente estar entre amigos. Y alegrarnos la vida. Y dicen las lenguas que van a volver a hacerlo. Las buenas lenguas.
Veo a Germán a lo lejos. Cambio de acera. Danny & Dusty me regalan su canción, esa canción. Para los soñadores. Meto esta vez la mano en el bolsillo. Quiero dejara en paz a Germán.
Suena la corriente: "Song for the dreamers" - Danny & Dusty
martes, enero 16, 2007
Lo que daríamos...
Son curiosos los hilos. Se mezclan, entrelazan, anudan, acarician, restriegan… Somos parte de esos hilos, saltamos en sus redes. Vemos como sus extremos se encuentran, sin motivo aparente. Para qué, si nosotros mismos somos el resultado de tal cúmulo de coincidencias que no somos más que improbables.
Y juego con esos hilos, tan improbables como nosotros. Comentaban ayer en este Río (en un blog siempre es ayer, hoy o mañana) lo que daríamos por ver en directo y en su época a la Creedence Clearwater Revival. Lo que daríamos. Media vida.
Y los hilos se enlazan. El viernes pasado me hice con el Box Set que en 2001 editó Fantasy. Seis rodajas completitas con sus siete discos oficiales, más dos directos y uno entero centrado en los Golliwogs, la banda antes de ser lo que fueron (repleto de rock&roll clásico y sonidos sesenteros).
Los vinilos pueden descansar. Están desgastados. Ocasión única para alimentar el cacharro con casi siete horas de rock and roll lustroso, grasiento, rítmico, melódico. Decenas de disparos directos al músculo que vive y mata. Siempre me han dado aire.
El viernes amanece el sábado escuchando a la CCR. Y el sábado amanece el domingo escuchando a la CCR. Con un trago para engrasar la escucha y humo para densificar el disfrute. Dos días de CCR y Ella. Puritita vida.
Lees la mejor banda de rock and roll del mundo. Una de ellas, sin duda. Lees hacedores de grandes singles, rozaron la música chicle. Glorioso bubblegum pop, entonces. Ay, los críticos ya olían y salibaban con los mamotretos progresivos que encaraban los setenta.
Pero lo que John Fogerty y compañía hicieron en apenas cuatro años (68-71) tiene el sabor de lo asombroso. No hago mucho caso del Mardi Gras del 72, el disparo fallido de un grupo ya en desbandada (y aún así, cuantas veces sufren más, mucho más, nuestros oídos). Pero la tetralogía Bayou Country/Green River/Willy and the Poor Boys/Cosmo’s Factory merece un altar. Al menos el mío.
En eso he estado estos días. Y ayer el hilo aparece de nuevo. Se cierra el círculo.
Nos reuníamos en su habitación las tardes de aquellos veranos que aún se disfrutaban de otra manera. Bebíamos cerveza (gratis) y escuchábamos música. Hablábamos música. Bebíamos música. J. sacaba su recién comprado saxo de tercera mano y trataba de hacerlo sonar. El año que viene me compro el camión. La misma historia una y otra vez. Grabábamos las cintas que iban a sonar. Los Burrito, la Charlie Daniels, la Marshall Tucker, Poco… Cuando se emocionaba era capaz de añadir hasta a Kenny Rogers. Tres cervezas después se olvidaba del tema. Pero compraría un camión.
Y sonaban de nuevo los Flying Burrito Brothers. Yo le hablaba de Gram Parsons, Chris Hillman y siempre los Byrds. Deja, deja, Sneaky Pete es el puto amo. Sin su guitarra, nada hay. Dejábamos las cintas, el saxo, cogíamos las cañas y nos íbamos a la playa a pescar y beber Manhattans en jarras de barro.
J. se compró el camión. No calzábamos camperas. Estábamos más cerca del gorro de estibador que del Stetson. Pero qué bien sonaban los Burrito dando vueltas por Irun.
Ya no conduce su propio camión. Es chofer en una empresa de transporte. Y está tan jodido como todos. Hoy le he mandado un mensaje: Sneaky Pete ha muerto. Dónde llora tu camión?
Bajando de Alemania. La cerveza sabe amarga. El amo, el puto amo.
Todavía, veintitantos años después, quiero viajar en su camión. Nunca lo hice.
Veo asombrado cómo la estrategia, el dinero y el poder están por encima de la vida y la muerte. Políticos, periodistas y obispos (y otros elementos inclasificables) se lanzan a una orgía desenfrenada, luchando por unas vísceras que les renten réditos. Los veo asombrado. Por su falta de pudor. No me escandalizo. Ya lo esperaba.
Nunca me tendrán de su lado. Que no me pidan cuentas, que ni siquiera me tendrán enfrente. Sé que les importa un bledo mi indiferencia. Y a mí lo que les pueda pasar.
Escucho al viejo Steve Earle. Ya, no es tan viejo, apenas 52 años. Pero vividos al filo, el camino parece más largo. Sabe mezclar susurros y gritos. Pasa de la ira al beso.
Pero yo no paso del asco a la caricia. Me cuesta. Me quedo sólo con ésta.
Así que hoy vomito, y mañana me olvido de todos ellos. No me verán.
Y para siempre, de dónde eres? De Ella. De ningún otro sitio.
Suena la corriente: "The Revolution starts... now" - Steve Earle
jueves, enero 04, 2007
Lindo paso del año
Lindo paso del año.
Conocemos de primera mano el concepto de libertad y democracia que desarrollaron aquéllos cuatro felices filántropos reunidos hace años en las Azores. Arreglando el mundo.
Dos pobres ecuatorianos entienden de primera mano la socialización del sufrimiento. No, para nada es trabajar de sol a sol con contratos basura, fregar nuestros suelos y baños y sufrir discriminación racista. La integración exige más esfuerzo.
Y quienes se llaman políticos nos dan lecciones de racionalidad, sensibilidad y contención. De primera mano.