Me gusta cuando el cine tiene alma de rock. Aunque el rock no sea la sangre musical de una película, ésta sí puede dejarlo aflorar por todos sus poros.
Hace bastantes años, cuando aún creía en cosas (qué cosas, ni puñetera idea), tenía cuatro fetiches. Cuatro películas que vi demasiadas veces como para olvidarlas, y que no he recuperado desde hace casi el mismo número de años para seguir recordándolas. Al menos, para mantener la imagen que viéndolas me hice de mí mismo.
Las cuatro eran puro rock, sonido e imágenes con sentimiento, con ese halo de tristeza desencantada que tan atractivo resultaba para aquella edad. Uno no sabía si había futuro más allá de los callejones, del burdel, del ring, aunque intuía luz.
Pero cuando sonaba The Band, ahí sí, ahí sí podía entender el por qué de esas canciones que desde entonces me han vuelto loco y cuerdo. Es decir, vivo.
Por eso me gustó verle ayer, Mr. Scorsese, con esas gafas pasadas de moda. Porque a pesar de que los premios sirven para nada, da gusto verle aún de pie. Porque es capaz de cantar en imágenes a Dylan y dejar correr las lágrimas del Blues.
Aunque me da que ni él ni yo nos lo creíamos.
Suena la corriente: "It makes no difference" - The Band
miércoles, febrero 21, 2007
Sopla el viento, a pesar...
Días ventosos estos últimos. Lo que no voy a entrar es en la medida de últimos. Ayer, antes de ayer, el fin de semana? Ni idea. Sé que se ha quedado en mi cabeza. Y cada vez distingo menos pasados cercanos o lejanos.
Digo que días ventosos, y lo llevo mal. Me gusta la lluvia, la nieve, soporto el calor, me cobijo del frío, me gusta el granizo, disfruto de un cielo gris. Pero calmo. El viento me produce un insoportable dolor de cabeza.
Sé que es el cómplice del marino, y el mar el mío. Pero tal vez porque estas aguas nacieron más pensando en el Mississippi o el Duero, el Paraguay o el Nilo, y más en barcaza que en velero, prefiero la calma.
Pero sopla el viento, fuera y dentro. Me siento empujado de aquí allá, de arriba abajo. Soy más pluma que plomo. Estos días, por yo te digo, yo te cuento, yo sé, yo no sé, vuelo de un lado a otro.
Miro hacia atrás, como siempre en estos casos, y busco sonidos de hace veinte años, porque quiero una sonrisa (además de la de Ella). No me apetece pensar estos días. Porque sé que tengo que hacerlo.
Sí, soy el hombre, soy el hombre, soy el hombre. No te preocupes. Zarandeado, pero el hombre. No quiero más viento.
Que no, que la verdad, yo no me sorprendo porque una persona intente secuestrar, amedrentar o asesinar a otra a quien considera rival en asuntos pasionales. Que sean astronautas los implicados en dicho triángulo, además de notoriedad, únicamente demostraría lo lejos que tienen la cabeza, no sólo los pies, de la tierra (sí, ese planeta preparándose para su punto de ebullición en el que dicen que vivimos).
Triángulos amorosos de este cariz han alimentado grandes novelas de serie B, películas de género, historias negras como la vida misma. Que la supuesta asesina vaya disfrazada con una peluca y una gabardina sigue manteniendo el cuento dentro de los estrictos cánones del género. Que fuera provista de cuchillos plegables, pistolas de aire comprimido y dispositivos de gas pimienta sólo demuestra que las armas evolucionan con el tiempo.
Que recorra 1.500 kilómetros hasta su objetivo enlaza con las clásicas road movies más sangrientas.
Ah, no, pero que se haga todos esos kilómetros con los pañales puestos, para no tener que hacer ni una sola parada, echa al traste todo lo que de literario pudiera tener la obsesión. Ni los más degenerados creadores negros hubieran imaginado tamaño disparate.
Cargarse a alguien con la meada encima! Ni lluvia dorada ni leches. Eso, no.
Y leo la historia mientras en ese momento suena el bomboncito pop que se marcaron Vic Godard & Subway Sect, Stop that girl. Supieron derretir a luminarias del momento (Clash, McLaren) con su actitud punk espolvoreada con gotitas de puro pop y espíritu soul.
Y es que hay melodías y líneas de bajo que son capaces de derretirme, aún antes que nuestro armaguedon, y sin pañales.
Pues eso, que pasan los días y apenas hay nada que te anime a sacar el pie de debajo del edredón y apoyar el peso sobre él. Vamos, que desde que sales de casa no piensas en otra cosa que no sea volver cuanto antes.
Así que no es extraño que me enroque con la música refugio. Siempre está ahí, sintiendo contigo. Pero hace unos días descargaba un octogenario Chuck Berry. Y yo en casa. Hace menos, un sexagenario John Cale. Y yo en casa.
Oiga, sí, el tanatorio?, no, es por ver si voy reservando sitio.
Y no es cuestión de edades. Mi refugio cada día es más antiguo. Cada vez hay tierra más infértil en esto de las guitarras. Soy yo y mi cascarón.
Y gozando estos días con Them, la carnosidad, la grasa más sabrosa, la carne más roja de aquella invasión, efímeros como todo lo bueno, sudorosos como siempre el placer, negros como querían vestir y sentir. Raíz R&B, alma soul para un pop más huraño que el que solía, chulos chicos de barrio de Belfast, Irlanda, sí, nada de reinos unidos. Supongo que la mala baba de Van The Man era difícil de manejar. Igualito que ahora, aunque su urgencia vocal nunca volvió a ser la misma. Y así terminaron, sin saber quién tocaba qué, si Jimmy Page estaba o no estaba, si alguien más aparte de Alan Henderson aguantaba al ogro.
Así que uno, con la misma mala leche (o más) que el viejo, deja pasar los días y apenas aprovecha un suspiro el fin de semana. ¿Bueno o malo? No sé.
Everybody got some soul I don’t care if they’re young or old Gotta hold on when all is gone Make out like it’s fine