El loco Roky, quien fuera cantante de 13th Floor Elevators y creador de uno de los clásicos más sucios del rock, You’re gonna miss me, ha pasado por psiquiátricos y hospitales varios, recibido descargas eléctricas, experimentado con toda clase de drogas, servido de cobaya para loqueros sin escrúpulos, buceado en periodos musicales digamos que, …, eh, galácticos, y compuesto grandes pelotazos pop.
Pero ahí sigue, otra vez encima de un escenario, donde podré verle esta misma noche. Uno más de esos nombres queridos (como el comentado ayer) que alimentan a un mitómano.
Tarde de verano. Sin playa, con sol (sin que me dé), sin calle, sin Ella (todos veranean). Tarde de café y cigarrillos. En la pantalla de la tele, y sobre la mesa. Café, mucho café, y cigarrillos (demasiados).
Y Tom Waits devorando a Iggy Pop. Queda casi como un mequetrefe. Adoro esas películas que parecen simples ejercicios estilísticos de Jim Jarmusch. Es una de mis debilidades.
Y el Louie, Louie marcando inicio y fin. Recuerdo aquella época más inocente y más radical. Eras de los de Louie, Louie o simplemente, no eras.
Mira, yo que tenía intención de hacer sonar en la corriente durante este mes únicamente canciones con la palabra Summer. Para anhelar lo que este año no tengo.
Pero no me puedo contener. The Kingsmen la encumbraron. Pero Richard Berry la parió. Y suena tan majestuosa en su versión original!
Y no, poco más tengo que contar. Sólo escuchar. Que ya es mucho.
Hubiera sido lógico hacer coincidir el post cuatrocientosescrito hace apenas diez días con la fecha del 11 de agosto. Un día como hoy, hace cuatro años, nació este Río.
Pudiera ser lógico rendir homenaje ahora a Johnny Paris, que con sus Hurricanes alumbraron la idea del nombre. Su archiconocido instrumental Red River Rock era una versión de un tema folk tradicional, Red River Valley. Paris murió hace año y pico, sin que este botarate le reconociera su deuda.
Sería lógico explicar que el Río Rojo como tal nació hace mucho más de cuatro años, en una cochambrosa emisora de radio (de las llamadas piratas o libres, según cada cual) en un perdido barrio madrileño, codo a codo con un amigo que, aunque diga jugar de lateral zurdo, hace más, mucho más, que correr la banda (y eso que la línea de cal es la parte más atractiva del campo).
Sí, lógico. Pero la lógica no pinta nada en estas aguas.
Estamos en verano. Pues eso, continúen con sus ruidos.
Llevaba tres días sin ducharse y sin salir del local de ensayo. Total, la playa le agobiaba, no tenía tabla de surf y hacía seis meses que no se comía una rosca. El resto del grupo había empezado a beber hacía una semana, y en eso estaban aún. Pasaba las horas rasgando su guitarra, escuchando canciones con las que había crecido, comiendo pizza y durmiendo a ratos. Y si por él fuera, podía caerse el cielo sobre la cabeza de los demás, aunque sabía que eso no iba a pasar mañana.
Sin tener ni idea de qué hora era, oyó que alguien golpeaba la puerta. Sucio y legañoso, la abrió lo suficiente para ver que un mensajero le traía un paquetito. Lo cogió, firmó el albarán y no llegó a pronunciar una palabra legible.
Pero qué mierda es esta… Una cinta y una nota. "Aquí está tu canción. Haz con ella lo que quieras. Y ya sabes." Ya sé el qué. Qué coño es esto. Cogió el cochambroso reproductor de casetes, metió la cinta y la escuchó.
El resto del grupo terminó de beber dos semanas después. El cantante, un tipo regordete que soñaba con ser una especie de Meat Loaf, apareció por el local. Se imaginaba que él, si no había salido de allí en todo el verano, estaría de un humor de perros. Y serían ya siete meses sin comerse un colín. Pero no había nadie. El cuarto parecía una pocilga, con restos de comida por todos lados, cientos de cuerdas de guitarra rotas y despedía un olor nauseabundo. Ni rastro de él. En una esquina, su guitarra y su ropa. Eso sí, si estaban sus apestosas johnsmith más negras que blancas, no podía andar muy lejos. O eso creía.
Un mes después, comenzaban los ensayos con el nuevo guitarrista. Un chavalín con una cultura musical enciclopédica, cara de niño, melena rubia y ganas de comerse el mundo. Una monada, vamos, que no daba muy buena espina al cantante, aunque tenía embelesados al resto del grupo. Bueno, los que quedaban del antiguo grupo.
Comenzaron a tocar, a ver qué era lo primero que les salía. Sonó de maravilla, una gran canción pop, llena de arena y agua salada. Hmmm, no estaba nada mal. Prometía. Unas cervezas, y venga, otra. Tocaron de nuevo la misma canción, y lo hicieron hasta el final. Estaban sorprendidos. No habían tenido intención de repetirla. No entendían qué había pasado. Vamos con otra, un clásico ahora. Volvió a sonar la misma melodía, la misma arena, el mismo mar. Jamás pudieron volver a tocar otra cosa. Eso sí, qué cosa.
Se está bien en el río. Cada vez menos gente, menos visitas, menos aguas bravas. En el mes en el que el país cierra la persiana, un grupo de irreductibles sigue (seguimos) al pie del cañón. Y sin días de asueto, con goterones corriendo por la frente y una buena música de fondo, pasan las noches.
Deja de joder ya, que envidia es lo que tienes.
Sí, envidia, y malsana. Sin vacaciones cómo quieres que me sienta. Unos se despiden, otros llegan. Y otros, como siempre, aquí seguimos. Con los goterones. Buah, será por quejarme.
Y dice Blogger que esta es la entrada cuatrocientos. Estoy yo como para contarlas. Y el caso es que no me fío un pelo del contador. Cuatrocientas. En cuarenta y ocho meses, hace una media de 8,3 (y miles de treses más, sin fin) entradas al mes. Lo único que queda claro es que parece que hubo una época más prolífica. Porque lo que es ahora…, creo que estoy en el tres periódico. Goterones.
Y en la radio comentaban hace un rato que la máxima edad a la que puede llegar el ser humano está sobre los 130 años. Así, no extraña que uno tenga que estar continuamente reinventándose. Hasta el padre Dylan tontea con los ritmos de baile, con el hip hop, con la nueva guerra en la calle. Los intransigentes alzan sus voces de nuevo. Y la verdad, a lo largo de la historia, sus más acérrimos seguidores han hecho bandera del inmovilismo. Sinceramente, es posible que a mí no me interese mucho. Pero no se me suben los colores. Sólo los goterones lo hacen.
Quien no llegó a los 130 fue Bergman. Ni Antonioni. Pero así pase ese tiempo, ahí estará Blow Up. Ni idea si ha envejecido bien. La vi hace mucho, y nunca he vuelto a hacerlo. No quiero. No entré en lo que pretendía. Me quedé en sus poros del Londres de los 60. Como hice en Zabriskie Point con los supuestos hippies. Qué coño me importa si eran buenas o no, o las sesudas necrológicas que leemos estos días.
Me quedo aquí, mecido por la música. Pensarás, ahí estás, con música suavecita, refrescante, para una noche de verano. Ni de coña. Yo también quiero que me condenen a dos años mis vecinos. No creo que ellos entiendan a Nick Cave. Ni yo entiendo si realmente Grinderman es la reencarnación de Birthday Party. No creo, pero tal como estaba de crooner modosito últimamente, uno tiende a pensar que así es. A mí me parece estupenda música de fondo para su libro Y el asno vio al ángel. También lo leí hace mucho tiempo, y no quiero recuperarlo. Me vale el recuerdo. Allí sí que llovía.
Ah, pero esa garganta siempre es bien recibida. Si yo la tuviera. Ni con goterones se aclaraba, oiga.