Uno se andaba planteando si ya era hora de darle un lavado de cara a este Río Rojo, un cambio de imagen, de ropa, que trajera viento nuevo a la barcaza. Vamos, ponerse guapo (más guapo) para afrontar con otra cara estados de pasividad habituales.
Pues no señor. Basta que hace semanas apareciera Público, que días después se cambiara de camisa El País y que hoy saltara a la pista el nuevoRuta 66 lleno de colorines (y plumillas) hawaianos, para que uno se quede como está. Así tiene el ego el Río, que se compara con esas moles (esperemos que el Ruta también mantenga el suyo, aunque el cambio le permita respirar más tranquilo, o al menos, seguir respirando).
Así que sigo como estoy. Algo sucio, algo viejo, pero más cabezota que nunca. Como lo que escucho. Sucio, viejo, cabezota. Como debe ser. Porque si miro la edad de los autores de tres de los discos que más suenan en la corriente en estos días, y después de mirar su edad, la sumo, el resultado es la friolera de 186 años. 186 años biológicos entre los tres, pero más de mil años sentimentales en las canciones que nos han ofrecido. Fogerty continúa sonando con su Revival y se le unen como rocas del río Neil Young y su Chrome Dreams II y Ray Davies con su Working Man’s Cafe. Sucios, viejos, cabezotas.
Y sin embargo, ha logrado colarse en esta corriente particular un tipo que apenas empieza, aunque tampoco es que sea un jovencito. Pero es que su vida ha tenido otros trajines.
Sam Baker utiliza cinco extrañas palabras para definir Pretty World, su segundo trabajo: How beautiful are these days. La belleza de los días que vivimos, como nuestras vidas, es puramente subjetiva.
En 1986, Baker viajaba en un destartalado tren camino de uno de los lugares más impactantes y magnéticos que nos ofrece este pretty world: Machu Picchu (otros también hemos viajado en ese tren, pero tuvimos más suerte). Alguno de los grupos guerrilleros de la época puso una bomba, matando a 8 personas. Baker queda prácticamente sordo y manco. Los siguientes años los dedica a reconstruir su brazo izquierdo y recuperar algo del oído.
How beautiful are these days. Quién puede negarle la sentencia. Tuvo que reaprender a tocar la guitarra, a cantar, a pronunciar. Aunque más que cantar, utiliza un fraseo que me resulta hipnótico. Habla sobre historias de vida, certeros fogonazos de folk, de country, guiños escondidos entre sus letras al gospel tradicional (…we are climbing Jacob’s ladder…), a grandes como Townes Van Zandt (…waiting around to die…), ecos de Guthrie.
Una absoluta delicia, que, efectivamente, te hace pensar how beautiful are these days (aunque no lo parezcan).
Suena la corriente: "Juarez (A song to Himself)" - Sam Baker
lunes, octubre 22, 2007
Guiños
Dice la teoría que el que tuvo, retuvo. La práctica nos ha enseñado tantas veces que no siempre es así! Demasiadas decepciones llevamos encima. Pero por otro lado, no siempre vamos a pedir que todo el mundo mantenga el nivel con el que nosotros (y cada uno a su manera) soñamos. Porque al fin y al cabo, cada uno marcamos la línea de cómo y con qué queremos que nos sigan engatusando.
La verdad es que el bueno de John Fogerty no ha tenido muchas oportunidades de retener lo que tuvo. Con la Creedence Clearwater Revival compuso alguna de las joyas más luminosas que se haya tallado. En solitario, sin ser ni el primero ni el único, siempre brillará el Centerfield que grabó en 1985. Sin embargo, desde la época de CCR, ha pasado más tiempo en los juzgados que componiendo y actuando.
Las discográficas, salvo excepciones, esas casas de lenocinio, habitualmente dirigidas por gente que poco o nada tienen (ni quieren) que ver con la música. Porque Fogerty no sólo ha peleado por algo tan desgraciadamente común como mantener el control y derecho de sus canciones. No, sus mayores y primeras luchas legales eran porque su jefe en Fantasy Records, el indescriptible Saul Zaentz, le acusaba de copiarse a sí mismo, de que sus composiciones en solitario sonaban demasiado a Creedence. Vamos, que el tal Zaentz se consideraba no solo propietario de los temas, sino del sonido Creedence. Incluso se vivió la surrealista escena de Fogerty en pleno juicio, con una guitarra, demostrando que las canciones podían tener un estilo similar (algo tan, al parecer, descabellado, como su propio estilo), pero tratando de demostrar que no eran un plagio. Y no un plagio de otro cualquiera, sino un plagio de sí mismo.
Entre una cosa y otra, a pesar de discos puntuales, se ha pasado casi 20 años alejado de todo, asqueado del negocio. Y quién no lo estaría.
Pero también dice la teoría, al menos la de los cuentos y la de los sueños, que muchas historias desgraciadas pueden terminar bien. Fogerty ha ganado pleitos, ha recuperado los derechos de sus canciones, y sobre todo, el derecho a sonar como le dé la real gana. Incluso a sonar como la Creedence.
Porque en su nuevo trabajo, Revival, todo son guiños. Desde el título al espíritu, desde las guitarras a las melodías, desde la rabia a la crítica (política, como tantos otros, con mensajitos dirigidos al esperpento de Bush y demás personajes, eso sí, como si a éstos les importara).
Y en ocasiones, sin necesidad de guiños, a pelo, como en Creedence song:
"You can’t go wrong if you play a little bit of that Creedence song"
Pero por encima de todo, el mejor guiño, encontrarnos de nuevo con esa voz y esa guitarra.
Ah, pero la historia, recordemos, siempre se repite. "Hacedores de grandes singles, rozaron la música chicle". Glorioso bubblegum pop, entonces contesté. Y me da igual que digan lo mismo de Don’t you wish it was true. Pelotazos pop/country/swing como estos me ponen contento cualquier sábado por la mañana.
Soy así de simple.
Suena la corriente: "Don't you wish it was true" - John Fogerty
jueves, octubre 18, 2007
A ver si va a ser...
Iba paseando de página en página cuando, sin aviso, caigo en este río lleno de maleza y hojarasca. Lo miro, leo, analizo, y todos los indicios parecen apuntar a que una vez me perteneció. No sé, mi cabeza no está muy centrada últimamente, así que no podría jurarlo, ni negarlo.
Pero bueno, supongamos que sí, que un día fue mío. Veo que se ha tirado casi tres semanas en semiabandono (semi porque todavía continuaba pasando gente por aquí). Creo que nunca había estado tanto tiempo dejado de la mano de… dios?
Podría decir que lo que ha ocurrido es que he estado recorriendo medio mundo por razones no confesables, o que he sufrido una enfermedad difícil de combatir, o que he sido abducido por seres extraños que han usado mi cuerpo para perversos experimentos, o que me he leído del tirón los siete Potters (alguien apuntaba en los comentarios algo sobre la caída del Ministerio de Magia), o que se me estropeó el cacharrito y caí en un profundo (y nervioso) letargo, o que…
Podría decir demasiadas cosas, así que mejor me callo, y que cada uno piense lo que quiera.
Eso sí, la corriente continúa sonando, y disfruto ahora mismo de un tipo que bien podría ser la reencarnación del auténtico Roy Orbison. Su reino no parece de este tiempo, pero disco a disco, Richard Hawley demuestra que haber mamado los 50 y los 60 deja poso, mucho poso. Con esa voz emparentada directamente con Scott Walker, con esos guiños a Gene Vincent, con ese alma deudora de las lágrimas de Orbison, Hawley va camino de convertirse en el auténtico crooner de esta época, a pesar de que el éxito y el nombre se lo lleven otros, mucho más melifluos y prescindibles.
Lady’s Bridge es un ramillete de melodías y sentimientos. Y sí, cada vez que escucho que las calles son nuestras, al menos esta noche, me entran ganas de seguir.
A ver si va a ser que el río estaba abandonado porque sigo enamorado!
Suena la corriente: "Tonight the streets are ours" - Richard Hawley