Mi buen Ángel me escribió una carta hace muchos años, cuando yo aún soñaba. Hablaba de letras, de música, de escapadas, de encontrar lo que no buscábamos, de salir del círculo. Por qué no íbamos a intentarlo. Íbamos a escapar de la sirena de la fábrica, del horario, de la gente, tan distinta de las personas. Sonaba en aquella carta Factory, y las aristas eran confusas. Pero por qué no íbamos a conseguirlo. No sé si él la recuerda. Tampoco sé si la conservo aún. Tal vez en alguna caja perdida. Pero es muy posible que no. Aquella carta era subversiva. Y como tantas cosas que nos revuelven, la escondí.
Mi buen Fran me habló de largarnos, de seguir al Hombre hasta la en aquellos días lejana Francia. Y luego ya veríamos. Tampoco había mucho que perder, y sí que ganar. Aunque sólo fuera poner letra a los sueños. Estaríamos en las calles, buscando a nuestras Sandys, Kittys, Marys, Rosalitas, señoritas…, paseando con la banda, sin recaudo a la espalda. No sé si él las recordará. Escondí y olvidé aquellas palabras. Porque asustaban. Por deseadas.
Las cosas hoy son muy distintas. Escuchamos las sirenas de la fábrica y somos parte de la gente. Bueno, casi. Porque en el fondo, somos capaces de sentirnos algo diferentes. A pesar de compartir con 16.000 gentes dos horas y media, creemos que la mayoría que nos rodea no lo va a entender. Cada uno tiene sus propias emociones.
Y el Hombre tampoco ya es el mismo. Y también es diferente. No, no nos cruzamos la vista, no nos damos la mano, no nos estrechamos en un abrazo. Me gusta pensar que porque no lo necesitamos. Él sabe que yo estoy allí, y yo sé que me va a decir que vuelva a leer la carta de Ángel, que repita las palabras de Fran. Porque entre callejones, malas calles, vagabundos, noches, sueños con Ella, aún nos queda ese instante de brillo, esa tierra prometida.
Ese momento en que Él y yo aún nos identificamos. Porque supongo que en el fondo, seguimos siendo niños asustados.
Una historia de excesos. Como tantas otras en esta jodida marcha. Todo en Led Zeppelin era a lo grande. Desde su nacimiento, como The New Yardbirds, continuación del proyecto que Jimmy Page y Jeff Beck habían desarrollado la segunda mitad de los 60, hasta la muerte de John Bonham, ahogado en alcohol, que puso fin a su carrera. Ya no podían ser los mismos. Eran cuatro o simplemente no eran.
Todo fue un exceso. Desde las ventas de sus discos (más de 300 millones) hasta los varios cientos de miles de seres que acudían a sus conciertos. Conciertos que podían durar hasta cuatro horas con canciones de más de treinta minutos. Su afición por el oscurantismo, su negativa radical a publicar singles (pero se publicaron), sus desmanes en los hoteles, sus flirteos con la heroína y el alcohol. Su conversión en padres del heavy metal, cuando sus influencias iban mucho más allá, con unas raíces blues, folk, reggae (D’yer Mak’er será una canción menor en su discografía, pero mayor en mi recuerdo), rock, pop (qué otra cosa es Houses of the holy, la canción?) que sobrepasan etiquetas.
Excesivo era el virtuosismo de cada uno de los cuatro. Pero siempre me quedaré con Bonham, tal vez porque tengo la malsana predilección por los que terminan mal. Fue avisado de que no había futuro para un batería que tocaba tan fuerte. Cuando años más tarde Keith Moon y él ocupaban el olimpo de los tambores, se mofaba de aquéllos augurios.
Led Zeppelin fueron amados, adorados durante muchos años. Y luego vilipendiados, cuando el rock asumió que no era necesario ser una leyenda del instrumento, sino simplemente tener sentimiento y energía. Tal vez para entonces, ellos ya no la tenían.
Pero siempre quedó el poso de que eran muy grandes. Y fueron recuperados, volvieron a ser citados como influencia, y fueron llorados.
Y los excesos continúan. Su reunión parece inminente (si a Page se le arregla el dedito, claro), en el concierto homenaje a Ahmet Ertegün, el que fuera capo de Atlantic Records. No quedará ni una entrada, seguro. Serán (ya lo son) portada de todos los papeles. Y yo, amante como pocos de los excesos, de cualquier tipo, disfrutaré menos de su recopilatorio (excesivo, por supuesto), Mothership, y recuperaré sus viejos unos, doses, treses, cuatros...
Suena la corriente: "Trampled under foot" - Led Zeppelin
miércoles, noviembre 21, 2007
Fernando Fernán Gómez (21 Agosto 1921 - 21 Noviembre 2007)
Suena la corriente: "101 is a hard road to travel" - John Fahey
viernes, noviembre 16, 2007
La magia tiene sabor II
Ya sé que ha pasado casi una semana. Pero en este río, el tiempo no tiene valor. O tiene el mío, que para el caso es lo mismo.
No, no, no, me decía. No aguanto que el rock dé el paso de ocupar lugares lejanos a su espíritu. No es música de cámara. Exige contacto, sudor, humo, ruido. Sentaditos en un pulcro y limpio Palacio de Congresos pierdes parte de la magia. No hay vicio. No hay mugre. El propio hacedor de esa magia, Jeff Tweedy, comentó que estaba acostumbrado a ver gente cerca, sudando, bebiendo y fumando. Y que nosotros parecíamos gente viendo la televisión. Aún así, le gustábamos.
No, yo no buscaba música de cámara. Pero cuando empezó a sonar Sunken Treasure, se me quedó el culo pegado a la silla. Una vez más, hicieron que me sintiera pequeño, que bajo las estrellas de California, volviera a soñar un sueño contigo, que me dolieran mis sentados pies con una apabullante Via Chicago, que envidiara a quienes fueron obligados a sentarse por unos guardias de seguridad acostumbrados a otras músicas, supongo que no exentas de magia, pero no de mi magia, de nuestra magia.
Dije una vez, la magia tiene sabor. Y lo volví a comprobar. Me canso de leer que Wilco son de otra liga. Para mí, Wilco son de otra magia. La que busco, la que respiro, la que bebo.